Fernández, Sánchez, González, López, Rodríguez, Martínez, Pérez, Jiménez… Es probable que el uso del apellido se extendiera a partir de los siglos XI o XII, cuando los escribanos medievales empezaron a añadir al nombre de la persona el de su padre, y en otros casos su apodo, profesión, título o procedencia.

En los siglos IX, X y XI, el avance de la Reconquista propició las alianzas matrimoniales entre familias reales astur-leonesas, aragonesas, navarras y de la nobleza vizcaína, alavesa y riojana, que unían sus fuerzas para vencer a los ejércitos musulmanes. Al nombre del hijo le añadían el sufijo «ez», (cuya traducción es «hijo de»). En un principio su uso se restringió a familias con un estatus social elevado, ampliándose después al resto de la población, lo que ha favorecido que apellidos de origen real y noble sean en la actualidad los más comunes.

Aunque el origen de esta partícula patronímica no está claro, podría proceder de la terminación «-is» del genitivo latino, que indica posesión o pertenencia. Hay quienes defienden, sin embargo, que se trataría de un préstamo lingüístico del euskera derivado del término «etxe» (que podría traducirse como «casa natal») y que adopta la forma de  prefijo o sufijo («Etxepare», «Ibarretxe»). De ser así, el origen prerromano de este sufijo justificaría que ninguna lengua latina fuera de la Península Ibérica utilice esta marca  patronímica. El catalán también adaptó los apellidos de origen castellano a su fonética particular, transformando el sufijo «-ez» en «-is», como en «Peris» (de Pérez), «Llopis» (de López) o «Gomis» (de Gómez). La etimología del portugués hizo lo propio, convirtiendo a su vez la terminación de los apellidos castellanos en «-es», como en «Peres» o «Rodrigues».

El uso de partículas que representan el concepto de «hijo de» es un recurso muy común en todas las lenguas. A todos nos suenan apellidos como «Stevenson» o «Harrison», apellidos ingleses en los que se ha añadido el sufijo «-son», (cuya traducción es «hijo»). El sentido de filiación también se traslada mediante el uso de una «-s» final indicadora del genitivo, como en «Peters» o «Adams». En Irlanda son numerosos los apellidos que comienzan por «O’», (contracción en inglés de la preposición «of»,  traducida como «de»), por ejemplo «O’Donnell» u  «O’Hara». El escocés aporta la derivación de una voz gaélica con el mismo significado, «Mac», como «MacArthur o «MacDonald». También aportación escocesa es el prefijo «Fitz», derivado del francés «fils», («hijo») introducido por los normandos y que ha dado lugar a apellidos como «Fitzgerald» o «Fitzpatrick».

En cuanto a las lenguas de origen escandinavo, encontramos «-sen», (de nuevo traducción de «hijo»), como en «Andersen» o «Johansen». Las lenguas eslavas incluyen partículas finales como el sufijo ruso «-of/-ov» («-ova» para las mujeres), que encontramos en «Karpof», «Kasparov», «Petrova»; en polaco «-ski» («-ska» en femenino), como en «Jaruzelski»; por último, el árabe y el hebreo utilizan la partícula «Ben-», («hijo de»), que se antepone al nombre.

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