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El papel del traductor en el proceso de edición

Este artículo ha sido realizado por Patricia Gómez, responsable de comunicación en Cálamo & Cran, basándose en su propia experiencia sobre el papel de los traductores en el proceso de edición.


La creación de un libro suele ser un proceso desconocido para los ajenos al mundo editorial, ya que en ocasiones parece que es el propio autor el que se encarga de trasladar la historia que quería contar al papel y, de ahí, llevarla directamente a la librería. El papel del editor, del lector editorial, del corrector, del maquetador o del ilustrador quedan así en la sombra. Y por supuesto también el del traductor, que es una pieza clave en esta cadena editorial. Siempre nos hemos vanagloriado de que un buen traductor es como un ninja («si alguien nota tu presencia, es que algo estás haciendo mal») o, como afirma Javier Calvo en su ensayo sobre la traducción, un fantasma, que como tal debe ser invisible. Y en parte es verdad. Los traductores nos encontramos a gusto trabajando a solas el texto original. Disfrutamos interpretando los pensamientos de los demás, parafraseando, jugando y volviéndonos locos con todas las posibilidades que ofrece cada palabra y cada expresión: su significado (visible u oculto), sus connotaciones, la intención del escritor al usarla, el efecto que tiene en los lectores… Trabajamos en la sombra, sí, pero, desde luego, somos una parte imprescindible de la difusión del conocimiento.

Entre los amantes de los libros hay quien sí que valora las buenas traducciones pero, aunque esta profesión tiene cada vez más reconocimiento, aún queda mucho por hacer. Muchas editoriales se han unido a esta puesta en valor y cada vez son más las que incluyen el nombre del traductor en sus publicaciones. Parece algo insignificante, pero si hay que reivindicarlo no lo será tanto.

Por supuesto, conseguir unas tarifas justas y derechos de propiedad va a colación del reconocimiento y publicación de dicha autoría de la traducción. El hecho de que los traductores sean apasionados de su trabajo, como le ocurre a tantos miembros de las profesiones artísticas y editoriales, juega muchas veces en contra de este reconocimiento de derechos. Como si el trabajo que se hace con dedicación y motivación no fuera tan digno de ser valorado y se pudiera justificar la falta de profesionalidad en algunos sectores. Aunque pueda parecer obvio que cualquier empresa o editorial necesita una redacción de calidad y una buena comunicación (y prueba de ello es el reciente informe de la universidad de Harvard It Pays to Write Well), es difícil concienciar de que parte del presupuesto de comunicación debe ir destinado a la formación de los trabajadores en redacción especializada, a la corrección (ortotipográfica, al menos y, si es necesario, de estilo) y, por supuesto, a la traducción profesional de cualquier documento que tenga un mínimo de importancia en una empresa. Recortar o ajustar en exceso el presupuesto para estas labores es hacer peligrar considerablemente la calidad de un libro o la eficacia de una campaña publicitaria o un informe.

Cualquiera que se haya puesto manos a la obra con una traducción habrá podido comprobar el nivel de dificultad de la tarea. Las posibilidades son infinitas y un traductor es capaz de verse en el mismo mes ante un informe médico, una campaña publicitaria y un libro de literatura infantil. El registro de cada uno de estos proyectos, así como el vocabulario y el formato, es distinto en cada uno de los casos. La labor de documentación y el dominio de la lengua materna por parte del traductor juegan un papel esencial en este proceso para que el trabajo resulte de calidad.

¡Pero un momento! ¿Un traductor solo puede traducir hacia su lengua materna? Por supuesto, hay excepciones. Hay estupendos ejemplos de traductores bilingües (reales) que manejan con igual soltura dos (¡o más!) lenguas, pero esta capacidad se sustenta con mucho trabajo y no basta con haber tenido una experiencia en el extranjero.

Perdonad el inciso. Como veníamos diciendo, el traductor ha de dominar la lengua hacia la que traduce, así como distintos registros, y ser un experto en terminología. Por si fuera poco, a veces ni siquiera todo esto es suficiente, pues la interpretación de cada término, especialmente en la traducción literaria, puede variar de una lengua a otra, y más si los referentes culturales que se esconden detrás de cada palabra carecen de equivalentes directos en la cultura meta.

Son famosas algunas mesas de trabajo de autores con sus traductores. El propio Günter Grass exigió a su editorial una reunión con sus traductores antes de la publicación de su libro. El escritor, en 1978, convocó a ocho de sus traductores durante una semana para desgranar página a página El rodaballo. Era la primera vez que ocurría y es, desde luego, un perfecto ejemplo de buenas prácticas editoriales, multiculturalidad y dedicación por parte de todos los miembros del proceso de edición.

No obstante, no siempre se cuenta con tanto tiempo o tanto presupuesto. Los plazos ajustados (que cada vez son más habituales en nuestro mundo) hacen peligrar esta calidad. Cualquiera que conozca de cerca a un traductor sabe el trabajo y dedicación que invierte en cada uno de sus proyectos. Sirva este escrito como un pequeño homenaje a este miembro clave del proceso de edición.

Desde aquí aprovechamos para recomendaros una sólida formación si queréis adentraros en la industria editorial. No dejéis de consultar nuestros cursos de edición, de corrección y de traducción para estar seguros de que estáis al nivel. Desde Cálamo & Cran ofrecemos un servicio de orientación profesional gratuito y una bolsa de trabajo para los antiguos alumnos.

 

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